Historias de Hospital (día 17)

Durante los unos 15 días de los 17 que llevo hospitalizado justo en frente de mí tenía un “vecino”, un anciano de algo más de 60 años aproximadamente. Se llamaba Faustino. Estaba realmente mal, pero no por ello era un hombre que estuviera eternamente en la cama, ni mucho menos, pero estaba con pocas fuerzas. Tenían que ayudarlo a ducharlo, tenía que llevar puesto un pañal y lo tenían que cambiar cada cierto tiempo. Tenía puesta una sonda en la nariz y otra más (no sé exactamente donde), ya que no podía deglutir los alimentos. Rita, una de mis auxiliares de enfermera me contó que tenía cáncer de lengua, pero que estaba ya muy mal.

Antes de ayer por la tarde y la noche, Faustino ha tratado de levantarse e irse unas tres veces, y tanto la enfermera como la auxiliar lo han tenido que decir que no podía irse del hospital. Siempre está desnudo, sólo con el pañal y las dos sondas. Sin embargo, lo que vi antes de ayer por la anoche me conmovió en lo más hondo. Estaba una joven auxiliar de enfermera llamada Ate, y una enfermera y el insistió unas diez veces que se quería ir de allí. Aún puedo escuchar sus palabras una vez: “por favor, déjenme ir a mi casa, me quiero ir, por favor, ¿por qué no lo entienden? Me quiero ir, déjenme ir“. Así repitió Faustino una y otra vez durante aproximadamente 15 minutos, el tiempo que tardaron en buscarle un calmante para inyectarle por vena para que acabara en un profundo sueño. Estaba loco, pero por irse.

Ayer por la mañana vi que se llevaban la camilla de Faustino de la habitación que estaba en frente mía para poner a otro nuevo vecino (Francisco, que padece de algo del riñón, un hombre con mucho carisma por todos). Faustino llevaba en esa habitación creo que más de un mes, era conocido por todos porque además en algunas de sus fases, se ponía muy agresivo e incluso trató de agredir a Rita, la auxiliar de enfermería. Yo no podía entender mucho de todo aquello hasta el día de hoy. Como yo trato de estar cuerdo y atento a todo lo que sucede a mi alrededor, de lo bueno y de lo malo, por la tarde llegó Rosa, otra auxiliar para hacer unas cosas en la habitación y entonces le pregunté por Faustino, ya que ella también lo conocía muy bien por todas las veces que lo tuvo que atender. Me ha dicho que Faustino acaba de morir. El cáncer que tenía en la lengua, se le había extendido al cerebro y parte de su cuerpo, se metastatizó y ha muerto. Me ha dicho que su familia ya no lo venía a visitar porque sabían que ya no tenía cura y que al irse al cerebro llegaba momentos en los que no conocía o no recordaba cosas, una especie de demencia.

Me ha afectado saber esta noticia. Hay varios casos que he conocido, de personas que estaban no sólo mal por problemas de riñones y estómago, sino que a esos problemas se le sumaban un buen montón de cuestiones psicológicas y psiquiátricas, con lo que la comparación que hago con la película “Alguien voló sobre el nido del cuco”, no es para hacer una broma, sino porque en ocasiones, por las cosas que he oído y visto, bien podría parecer un geriátrico o un psiquiátrico. He escuchado cosas escalofriantes, cosas incluso que no me he atrevido ni a preguntar para no zozobrar. Yo llevo aquí 17 días y estas cosas, unas más grandes, más importantes, y otras más pequeñas y menos importantes, son las que suceden un día sí, y otro también.

Historias de Hospital (día 15)

La vida ingresado en un hospital no es fácil en ningún aspecto. Es como la parte más cruda de la vida, no sólo por lo que te pasa a ti, sino porque cuando vas mejorando, ves lo cruda que puede ser para los que están alrededor de ti, a tus compañeros de habitación, a los pacientes de otras habitaciones. Sufres tú, porque por eso estás ingresado.

En mi caso, he sufrido 7 ataques que no tuvieron explicación alguna, nadie ha sido capaz de esclarecer el misterio de los episodios parecidos a ataques epilépticos. Sé que cuando me daban esos ataques lo pasaba terrible, pensaba que me estaba muriendo o que me iba a morir o desmayar.

Luego estaba el asunto principal, el de mi barriga y los múltiples problemas que llevaba. Los sueros, vivir con un maquina enchufada todo el rato y que tenías que arrastrarla a todas partes, vivir con vías en las venas que duraban apenas unos pocos días y luego se rompían o se infectaban, vivir con el cuerpo más degenerado al tiempo que mejoraba la dolencia principal. Pasando de llegar inconsciente a comenzar a ser consciente de todo.

Y cuando comienzas a superar poco a poco las cosas, comienzas a conocer el hábitat en el que estás, ese universo entero que es la planta donde te han ingresado, en mi caso, la Quinta Planta Norte de Digestivo del Hospital de La Candelaria. Ves y escuchas cosas que, quizás no sea lo peor que hayas visto en tu vida, pero te recuerda que en algún momento tú podrías estar en una situación igual o peor. No son casos, o nombres, son personas. Ves el sufrimiento y degeneración de todos. Pero además de eso, ves como algunos pacientes, por lo que sea, por el sufrimiento, por educación o degeneración de la salud, son agresivos, brutos, faltan el respeto o directamente no se cuidan en absoluto, tornando un clima de cierto belicismo, entre los pacientes y el personal sanitario.

El personal sanitario aguanta también mucho y es entonces cuando comienzas a ver el equilibrio de las cosas, entre los pacientes (muchos impacientes), entre los que están verdaderamente mal o los que penden de un fino hilo y el personal sanitario que no pueden ser más profesionales.

En mi caso, tengo que decir que salvo muy contadas excepciones (ya olvidadas), tanto las auxiliares de enfermeras como las enfermeras me han tratado bien, muy bien o incluso excelente. Y en mi cabeza no quiero dejar pasar nombres de PROFESIONALES que lo dieron todo. Tengo que nombrar especialmente a Yurena, quien en mi último ataque, estuvo velando por mi toda la noche, agarrándome la mano con fuerza vigilando para que no me diera otro ataque peor. Además de su obstinación, la alegría y festividad, unida a su profesionalidad, hizo que fuera, para mí, la mejor de todas las que me atendieron. Pero sería de injusticia no nombrar a Rita, que con su estridente voz y alegría, ayudaba cada vez. Los detalles de Nelsy y sus corazones en las vendas que tapaban las vías de las venas, así como su alegría. Por supuesto Crisanto (Santi), el enfermero con alma de doctor, un profesional como la copa de un pino, un apoyo en el que confié ciegamente, y que hizo absolutos malabares cuando no tenía venas para sacarme sangre y se invento un truco para hacerme la analítica sin dolor. Tampoco conviene olvidar a Airam, otro que estuvo durante varios de mis ataques y me dio serenidad dentro del desconcierto de los primeros ataques. La simpatía de Idaira y Vanesa, y la que más tiempo me estuvo atendiendo, Atte, siempre delicada, callada, pero siempre dando el 100% con serenidad y una mirada que decía mucho.

Sin embargo, que yo pudiera “mejorar” en mi estado de salud, la responsable de todo es la doctora que ha estado año y medio detrás de mi, la única que me ha tomado en serio, la que ha hecho que estuviera bien atendido y con todo controlado, dándome información incluso cuando nadie lo hacía. Me refiero a mi alergóloga, Mónica, quien incluso me vino a visitar en dos ocasiones durante mi ingreso. Ella ha hecho que mejore de mi enfermedad y que cuando estuve peor, lo atajara a tiempo. No la conozco como persona, como me parece la mejor profesional que he visto en mi vida, y no quisiera perderla nunca de vista porque tengo fe ciega en ella en todo.

Pero agradecimientos aparte, la vida ingresado en un hospital la pasas entre todo tipo de pinchazos (para controlar la sangre, analíticas, para ponerte vías, etc…), entre sueros, medicaciones, sedaciones para el dolor y sobre todo una rutina que cuando peor te encuentras, se puede llegar a convertir en insoportable, quieres dejarlo, abandonar o abandonarte. Lo sé, lo he visto y lo he vivido. Incluso momentos en los que crees que tus horas están contadas, eso también se convierte rutina. Y sobre todo pasas mucho miedo por la incertidumbre de tu estado de salud pero también miedo a volver a ver casos críticos y graves, porque ya no sería la primera vez, y cuando ves a alguien muriendo, o morir, algo dentro de ti se te queda, como un recordatorio de que lo trivial, lo mundano, lo banal, incluso lo material, es todo insignificante porque al final todos acabaremos igual, la única diferencia es cuánto sufrimiento tendrás que soportar cuando tus horas estén contadas.

De momento he aguantado después de muchas vicisitudes y es algo para celebrar, para estar contento pero también es un aviso, porque esta ha sido una batalla muy grande, pero la guerra no está, ni mucho menos ganada.

Historias de hospital (día 13)

Cada día veo una media de 3 médicos diferentes, que pueden llegar a ser hasta seis de diferentes especialidades. Cada uno me dice una cosa diferente, cada uno con una teoría diferente, y cada uno restándole méritos a todo lo que tengo. Sólo han habido dos personas que se han tomado en serio tanto mi enfermedad como mis ataques. Gracias a esas personas he podido sobrevivir y comenzar a no tener miedo. Esas personas, llamadas Mónica (alergóloga) y Yurena (enfermera), cada una en su campo y su trabajo me han ayudado tanto que me cuesta creerlo. Sin embargo, por cada una de ellas, hay dos o incluso tres médicos o enfermeras que tratan mi caso como otro cualquiera. Hoy acabo de enterarme (gracias a Yurena), que los médicos pensaban que yo fingía los ataques, lo cual me deja fuertemente indignado.

No puedo pensar cuando imagino a todos esos enfermeros y médicos creyendo a pies juntillas que yo podría fingir un ataque…y aún menos siete ataques. Gracias a la propia Yurena, quien investigó y es apasionada de su trabajo, me contó que tal vez durante la prueba-operación, había habido algo que se había infectado, sin embargo tal teoría no cuadraría pues también me dieron ataques antes del quirófano. Después de los potentes antibióticos, hace ya casi una semana que no me dan ataques y que no tengo miedo por eso. Ahora el miedo es a comer, a la comida, a que mi cabeza, mi esófago y mi barriga siguen caminos diferentes.

En estos 13 días de hospital, desde hace 8 días más o menos he apagado el móvil, para no ver el whatssap, que me estaba comenzando a causar un excesivo estrés y nervios, por Guatemala, por el trabajo, el doctorado, por todo en general. Desde que lo apagué sólo tengo que lidiar con los médicos y no tengo que dar explicaciones complicadas a personas que me agobian. Tal vez por aquello de la soledad.

En cualquier caso yo calculo que me quedan pocos días, tal vez horas para que me den el alta. Luego me tocará lidiar con el trauma de la comida, de la ansiedad y de muchas cosas. Los únicos momentos de paz que he tenido han sido cuando me han puesto los calmantes y he podido dormir algo, de resto, no he conseguido tener más paz, sino mucha angustia.

Nunca podré olvidar aquel primer ataque, muerto de miedo, pensando que me estaba muriendo y lloraba por Guatemala, por Shirley, por mi vida desperdiciada y porque de nuevo  me encuentro muy perdido en la vida.

En este tiempo en el hospital, no mentiré, me he fijado en precisamente estas dos chicas. Por una parte Mónica, la alergóloga, quien ha procurado todo para que yo tuviera todo lo necesario para mejorar en una situación que había llegado a un callejón sin salida. Por otra parte Yurena, la mejor enfermera de todas, a quien incluso invité a cenar pero me rechazó varias veces. Yurena es una mujer feliz, alegre, le gusta su trabajo y trata muy bien a todo el mundo. Me gustan ese tipo de mujeres, activas, felices, alegres, que le dan la importancia justa a las cosas sin querer ir más allá. Mientras tanto, Mónica se ha desvivido profesionalmente por mi, ha empatizado conmigo y se ha tomado mi caso como algo personal. Me trata con cariño, con comprensión. Si juntara a Yurena con Mónica tendría a alguien que podría estar cercana a la mujer que podría estar conmigo. Con Monica lo he intentado pero se ha mantenido en su perfil profesional, aunque nos hablamos en confianza, no lo hacemos de temas personas. Con Yurena en las tres veces que nos ha tocado compartir día y noche, sólo puedo decir que ha superado con mucho la experiencia de Clara.

Probablemente pronto me vaya y me quedará de nuevo la espina clavada de haber intentado algo para poder conocer mejor a dos personas que parecían excepcionales y no lo he conseguido. A Yurena no la veré más después del alta. A Mónica la veré en consulta pero en un contexto diferente. Cuando ayer Mónica me vino a visitar por la tarde, me emocioné por lo que significa para mi todo lo que ha hecho.

Pero no nos engañemos, igual que en su momento con Fátima, u otras en los últimos dos años, son ilusiones efímeras, ilusiones que huyen de mi y aunque yo haya tratado de hacer lo posible para pasar página, sigo atrapado en la misma página, la de Shirley, Miriam, Guatemala. Quisiera poder hacerlo.

De las mejores cosas que me ha pasado es precisamente no recibir noticias de Guatemala, y cuando vuelva a encender el móvil, si veo que existe algún tipo de enfado o lo que sea, será el momento para dejar claro que por primera vez en 7 años, pensé más en mí, que en Guatemala, porque allá pocos (tal vez una persona) pensó en mi, y desde luego no ha sido Shirley, ni Miriam o su familia. Esto significa que este lazo está fuertemente roto, pero la herida sigue supurando, sigue ahí porque yo sigo viviendo en un shock por no aceptar haber perdido todo lo que con tanto ahínco y sacrificio quise obtener.

Las lágrimas de cada uno de los 7 ataques que tuve fueron siempre por las historias, las palabras, las personas y todo aquello que me hirió tanto para llevarme hasta este punto y después de todo esto, no ha sido una huida mía, ha sido, por primera vez, egoísmo.

Historias de Hospital (día 12)

Un día una habitación. Un día estás tirando unas canastas al lado del mar, aprovechando el desconfinamiento, tratando de recuperar la vida que durante tiempo has tenido en pausa, y otro día de repente, te das cuenta de que tu salud está en un estado límite. Pero en otro día diferente, una llamada telefónica, lo cambia todo y pasas de una libertad que apenas has comenzado a saborear, a estar en la cama de un hospital. Comienzas en urgencias, escuchando casos, viendo personas, miradas, valorando todo escrupulosamente. Te dicen: “ten mucha paciencia porque pasarás en este pasillo de urgencias toda la noche y quizás algo más“. Yo me hago pronto a la idea aunque los pasillos del hospital es una locura tremenda. El ser humano tiene la capacidad de adaptarse a todo lo malo si emocionalmente está listo. Yo lo estaba y no me importaba estar apretado junto a otros enfermos. Sólo me preocupaba que todo pasara tan rápido como me habían dicho (entrar un día y salir al día siguiente).

Tres horas más tarde ingreso en planta, he sido un privilegiado, a diferencia de muchos otros, mi doctora, quien ha llevado caso durante más de un año, logró apresurar los plazos, pero no logró que las pruebas y demás cosas fueran tan rápidas, pero estaría en observación y en tratamiento. Es otra habitación, porque pasas del huracán que son las urgencias, a una planta en la que están muchas personas muy enfermas, muy tocadas. Todo es un cambio radical. Y comienzan los primeros pinchazos, las vías para pasar los sueros, las visitas de los médicos, los compañeros de planta y habitación, los enfermeros, las preguntas. Cada detalle es una habitación diferente y en cuestión de pocas horas es como si hubieras recorrido cada habitación de un rascacielos casi sin parar.

Todo es incertidumbre, nadie dice nada, nadie te informa de nada hasta que aparece la que ha apostado por ti durante más de un año y te habla claro. Me han puesto una “cadena de esclavo” que es una máquina que conecta los sueros con la vena, pero que necesita ser enchufada. Paso toda la noche yendo al baño, casi cada hora, y en el proceso tengo que desenchufar la máquina y volver a enchufarla y tratar de que no se enrede con los cables de la vía.

La gente te pregunta mil cosas, mil millones de cosas, aparecen médicos, aparecen cosas nuevas, todo es como una especie de pesadilla que comienza, pero nadie me había dicho, que esa pesadilla iría a peor, nadie me dijo lo que pasaría después.

Cada día había una historia diferente, voces diferentes, tratos diferentes, era un microcosmos muy potente, vivido como lo he hecho en mi vida, a toda prisa, y en esas he ido viendo diferentes colores, tomado decisiones, siendo valiente muchas veces cuando más miedo tenía. Al final recorres tantos sitios en tu cabeza, pasa prácticamente toda tu vida por tu cabeza que ni siquiera llegas a planear nada, vives en el momento, vives en una rutina de incertidumbre constante sin saber apenas nada de los motivos…hasta que te das cuenta de que estás en la habitación 538 Norte porque has tomado decisiones equivocadas por personas que nunca estuvieron ni estarán. Y es entonces cuando tomas pequeñas decisiones, mínimas apenas, pero que son el principio de algo. Y esa habitación que es gris, comienza a tener otros colores gracias a todas ya cada una de las vivencias que tienes.

Historias de hospital (día 10)

Llevo diez días dentro de un hospital, soportando de nuevo dolores y cosas que no podría imaginar, cosas duras y dolorosas. Viendo la fragilidad de mi cuerpo, recuerdo los momentos en Willow Creek, en Palenque y Río Dulce, cuando me enfermé y salí de allí, sin embargo cuando salí de allí tenía siempre una persona, un objetivo. Estando aquí no hallo una meta, algo que me lleve a tener ansias de estar fuera.

La última vez que estuve tanto tiempo en un hospital, duró un mes y conocí a Clara (una enfermera) que se transformó en una historia amorosa-obsesiva y traumática. Aquí no hay ninguna Clara, tampoco hay decisiones que tomar como entonces, en la que ella tenía que decidir si dejar su novio y quedarse conmigo, quedarse con su novio o sin ninguno de los dos. Es fácil saber como acabó, no diré lo obvio.

Cuando salgo al pasillo de la Quinta planta donde estoy, desde la puerta de mi habitación, pienso en todos los ataques y convulsiones que me han dado estos días, y en el primero, sobre todo el primero, pensaba en Shirley, pensaba en Guatemala y mientras tenía aquel ataque sentía un doble dolor que era el de saber que ella no iba a estar después, no estaba allí, que nunca estaría en mi vida en los momentos malos, ni en los buenos, que no le interesaría nada. Aquel primer ataque que duró casi una hora y que me dejó realmente muy tocado en todos los sentidos, me preguntaba si las decisiones tomadas los últimos meses habían sido correctas, si todo lo pasado no era causa y consecuencia de las malas decisiones. Y comencé a analizar…

Apartar a Miriam de mi vida era necesario, me estaba provocando una dependencia y un amor en una sola dirección que tampoco miraba por mi. Ella era lo único que importaba, ella era lo único y daba igual que yo estuviera pasando lo peor, ella nunca iba a sentir amor, preocupación ni nada por mí. Cuando supe de su última mentira supe que todo estaba muerto. Acabar con algo que duraba 6 años aún no resulta fácil para mí, pero para ser sincero, no lo llevo tan mal como pensaba. De hecho, al ser honestos, lo llevo muy bien, pero quedan unos rescoldos en un pozo del que es imposible hablar (…)

Cuestión aparte es Shirley, quien en seis meses me ha dejado claro que su vida es suya, que no me pertenece no solo ella, sino que ni tan siquiera me quiere cerca ni quiere saber nada absolutamente de la mía. La persona que se convirtió en la bandera y el símbolo de mi lucha me abandonó de la forma más frívola. Luego en sus actos también demostró una frivolidad que no me esperaba.

Por eso cuando tuve aquellas convulsiones, en cada uno de aquellos seis ataques, además de no poder hablar, lo que sentía era un dolor del alma tan profundo, que lloraba de impotencia. Eran estos momentos en los que Shirley tenía que estar. Daba igual la distancia, ella debía estar, pero no estuvo, igual que no estará y en mis principios hay uno que dice: quien no está en las malas, o en las buenas, mejor que no esté nunca. Esto es por lo que estoy tan solo, y por lo que me cuesta aceptar tanto llamar a alguien amigo.

Pero pienso en todo Guatemala, en lo mal que está el país, en todas las personas que me hicieron feliz y hoy día no están. Miraba al techo de mi habitación y entendía que en el momento del juicio final de mi vida, no iba a estar nadie, sólo yo, rodeado de personas desconocidas. Ese momento no valía de nada. Y esas personas sólo son nombres de enfermeros/as: Atte, Yurena, Crisanto, Idaira, Nelsi, Vanesa, entre otras. Pero sé que cuando salga de aquí, serán personas invisibles, personas que no volveré a ver nunca más.

De las personas de aquel país me queda la interrogante de Raquel, quien en los últimos meses se ha convertido prácticamente en mi única amiga, en la única persona que me escribe y a la que le puedo escribir hablando más o menos de todo, pero en estos momentos en los que he tenido los ataques, en los que estaba realmente mal, ella no ha podido hacer nada debido a mi incomunicación, ya que después del primer ataque tuve problemas con el móvil y luego todo comenzó a ir a peor. Pero siempre pienso que la comunicación siempre es posible, si se busca la forma.

Al salir de aquí, Guatemala y las personas de allí sólo serán un recuerdo, un punto y seguido en mi vida, que parece ya más perdida que ganada.

Yo pensaba que quería ir a una guerra, para luchar contra todo lo malo que podía ver en el mundo. Y la vida me ha dado esto, que es una guerra contra mi mismo, probablemente la peor de las guerras, en las que de nuevo existe un gran desierto sin vida, en blanco y negro, donde sólo hay recuerdos y resulta complicado vivir la vida al día o incluso pensar en un futuro que parece limitado.

Parece un mensaje pesimista, pero es un mensaje al aire, ya sin Guatemala casi en mi cabeza y sobre todo, sin saber hacia dónde tirar, sintiéndome totalmente perdido y solo, sin saber qué rumbo tomar y cada vez con menos energías, y demasiadas historias inconclusas.

Sacrificios 2ª Parte

Mi actual problema de salud que me lleva por el quinto día de hospitalización no es algo casual, ni mucho menos. Es el resultado de años pensando en un sueño, en algo que hoy día es una quimera, algo imposible de cumplir. Todo tiene que ver, como no, con Guatemala. Todo tiene que ver con dos personas, pero especialmente con Shirley.

Ya he contado en posts anteriores que le prometí que nunca la abandonaría, que haría todo lo posible por estar a su lado, pasase lo que pasase. Esa promesa la mantuve a sangre y fuego, contra vientos y mareas durante casi 7 años. En esos años salí de España en busca de trabajo, de un mejor futuro que mi país no me podía ofrecer. Volví a Guatemala primero para tranquilizar a Shirley, quien atravesó una crisis que estuvo a punto de joder su vida. Permanecí unos tres meses para poder estar todo el tiempo que me dejaran (que eran unas pocas horas al mes), pero sobre todo para que ella sintiera mi apoyo. Funcionó porque su estado de ánimo y su vida cambió a mejor. Pero tenía que hacer algo para ganar dinero y estar con ella todo el tiempo. Fue por eso por lo que sin pensar, me fui a Estados Unidos a trabajar. Y no a trabajar en cualquier cosa legal, con visado y esas cosas. Lo mío fue a la desesperada porque tenía la urgencia de estar con Shirley sin perder ni un segundo. Entonces comenzaron mis aventuras americanas, donde tuve que dormir en la calle, pasar hambre, sed, riesgos, aventuras, peligros y codearme con lo peor de lo peor. Mientras todo eso sucedía en mi cabeza, cada paso que daba era por Shirley. Escribía emails que tardaban meses en obtener respuestas. Escribía a personas cercanas a ella que poco o nada me decían. Y mientras tanto, era rara la ocasión en la que tenía noticias claras de ella, pero yo seguía luchando porque sabía que estaba en una cárcel, en una secta, y tenía que correr antes de que la cárcel o la secta, acabase con la persona que me cambió la vida.

Seguí arriesgando el todo por el todo. No contaré aquí todas las desventuras que tuve que atravesar pero fueron de película de mafiosos, narcotraficantes, de películas sin aparentes finales felices. Vivir en la calle, en pleno invierno, nevando, muriendo literalmente de hambre y aún así preocupándome, nervioso y ansioso por saber si Shirley estaba bien, lo que provocaba muchas veces es que viviera del aire, de las ganas. Tenía que buscar comida en la basura, mendigar, enfermé por beber agua en mal estado. Tenía que comer a base de lo que la naturaleza me podía ofrecer (manzanas, peras, moras). Y no, no se puede comer solo con fruta. No recuerdo  haber pasado más hambre en toda mi vida. Sin embargo, ahí estaba yo, escribiéndole cartas a Shirley, diciéndole que pensaba cada día en ella, que no estaba ni estaría sola y que seguía luchando por nuestros sueños. Esas cartas nunca tuvieron respuestas porque nadie le incitó a su deber de hacerlo, nadie le enseñó que era una obligación familiar, como agradecimiento de acto a un sacrificio que venía de una promesa que nos hicimos los dos. Pero ahí seguía yo, durmiendo en el bosque, en la oficina de correos, debajo de un puente o donde pudiera para tratar de encontrar el trabajo que me llevase de vuelta a Guatemala, a comprar la casa donde vivir Shirley y yo como una familia.

Fueron en total tres años divididos en varias fases en donde la mala alimentación, las preocupaciones, el estrés, los nervios, la ansiedad, la tristeza y una capacidad de lucha imposible de describir, fueron los que hicieron que mi cabeza y mi cuerpo cambiaran. Llegué a vivir aislado en la montaña, sin nada ni nadie, idealizando las ideas de Thoreau, McCandless o incluso Emerson y Hemingway. La soledad era la mayor verdad, y el mayor altar donde levantar un sentimiento íntegro, absoluto y verdadero. Pero aquella fase que tuve como puntos críticos, diciembre de 2016 y gran parte del 2017, tuvo su final en un cuento de película en diciembre de 2017, donde después de año y medio pude volver a Guatemala para ver a Shirley.

Sin embargo, aunque yo me esforcé todo lo posible, arriesgando y sacrificando mi propia vida, Shirley había sufrido cambios, muchos cambios, y estaba en un proceso donde yo ya no era la persona de su vida. Donde ya iba buscando a otras familias con quienes estar, olvidando promesas, y encandilada por la secta donde la habían confinado a un ostracismo donde yo ya no era nadie. Llegó a decirme que no me conocía, que no sabía quién era, que yo tenía mi propia vida y que yo no contaba con ella, llegó a ser tan cruel que antepuso a personas que no le habían hecho ni caso antes que a mí.

Yo crucé varias veces el océano por estar con ella, cruce continentes y países enteros, tuve que lidiar con jueces y juzgados, pasé navidades esperando que me dejaran estar con ella. Sacrifiqué mi último euro, pero también todas las lágrimas que un ser humano pudiera tener. No se trataba de sólo palabra, sino de todos los hechos que yo pudiera hacer: llevarle todo lo que necesitara, aconsejarla, tratar de enseñarle a través de cartas y en las visitas.

Pero a partir de principios de 2018, todo cambió. Se entregó por entero a esa secta, donde da gracias a todo por esa secta. Olvidó todo el cariño que vivimos juntos, olvidó los sacrificios. Llegó incluso a ignorar que mi actual enfermedad está patrocinada por las promesas que nos hicimos, y porque decidí pensar antes en ella, que en mi. Si hubiera pensado en mí, no hubiera pasado peligros, no hubiera pasado hambre ni hubiera hecho algunos de los actos más escalofriantes. Ella vive ignorando que estoy en esta cama del hospital por la promesa que nos hicimos y que ella dijo haber olvidado, no solo eso, sino todo lo vivido.

Y mientras estoy en el hospital, tengo que soportar como me ignora, como no recibo un mensaje, donde no habla conmigo para nada, donde todo se circunscribe a simples frases hechas y vacías mientras yo intento dar todo para explicarle una vez más la realidad. Y entonces ella desprende estados de whatssap del tipo: “No confíes en las palabras, confía en las acciones. La gente puede decir muchas cosas pero sus acciones demuestran todo”, en las que du me tengo que dar por aludido porque para ella no bastó con cruzar océanos, continentes, con haber dado todo de mi por ella, no bastó haberle escrito 2 mil cartas, una al día desde que nos separaron, no le bastó haberle entregado todo de mi y haberla antepuesto a todos (incluso antes ella, que yo mismo). No le bastó ninguna de mis acciones. Al parecer, yo como persona no soy suficiente para ella, y necesita de personas que no han hecho nada en su vida, que no le han demostrado nada y que la han abandonado, para prostituir “te quieros” y “te amos” a personas que nunca pensaron en ella durante años.

Me bloqueó de sus redes sociales, me tiene al margen de su vida, y cuando recibo un mensaje suyo mi estómago tiembla y mi cabeza se marea, pensando en cuál será lo próximo que me hará sufrir o provocar la sensación de rabia e impotencia.

Y juntando todo ello Y MUCHAS OTRAS COSAS más, tienes como resultado una enfermedad donde no toleras nada, donde puedes estar todo el día sin comer, alimentándote sólo de amor, de sentimientos o incluso resentimientos, donde los doctores te han llegado a decir que mi esperanza de vida se acortará tan pronto como reciba una noticia devastadora. Y me pregunto, si puede existir una noticia más devastadora que alguien por quien has luchado casi 7 años te desprecie y te eche de su vida y mate todo vuestros recuerdos y promesas, sin haber luchado nada.

Vivo en eso. No hago más que pensar en eso, incluso cuando no quiero pensar en eso, pienso en eso y eso lo sabe mi estómago, mi cabeza y todo mi ser.

Llevo  cinco días en el hospital. Ella me ha escrito sólo tres días, dando por hecho, sin preocuparse de mi estado de ánimo, de si la necesito o no, o de las razones por las que estoy aquí porque sí que hay algo que NO he hecho es decirle la verdad de todo. Que me ha fallado en todo, y que el presente es la peor pesadilla y el peor escenario que podría haber imaginado cuando en 2014 nos obligaron a separarnos. Y siempre me pregunto si tan malo fui, en que tanto fallé para que ella me dejase de lado y dejase de quererme y ser el último en su vida. Y muchas veces pienso que no lo merezco y que esta enfermedad ha sido por haber antepuesto a una persona por delante de mi, por un concepto de generosidad o amor tal vez equivocado. El otro lado del asunto es el egoísmo. ¿Tendría que haber sido más egoísta? ¿Cómo se logra el equilibrio entre el amor verdadero y no sacrificar tu propia vida para que alguien sea consciente de lo que has hecho? Y es entonces cuando no encuentro respuestas, porque no hay respuesta fácil. Y es entonces sí, cuando mi cabeza entra en blanco y negro, en tristeza, frustración y donde poco o nada me da fuerza ni alegría de seguir hacia adelante. ¿Seguir para no poder comer? ¿Para no encontrar el amor de tu vida? ¿Para no tener hijos, ni trabajo? ¿Seguir para no poder viajar por estar enfermo? ¿Seguir para estar en una rutina insustancial? Y me doy cuenta de que lo he hecho es asesinar mi vida, asesinar mis sueños, asesinar a mi auténtico yo. Y se producen cientos de debates dentro de mi que no puedo exteriorizar porque nadie conoce todas las ramificaciones y circunstancias que no se pueden resumir porque ha sido una vida vivida deprisa, corriendo, arriesgándolo, con el corazón y una persona por bandera. Y todo eso no se puede resumir. Por eso hay 2.000 cartas que detallan todos y cada uno de los momentos vividos. Cartas que me recuerdan de donde vine, quien fui, en lo que me convertí y lo que soy…y todo lo que perdí en el camino, incluida mi salud.

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Sacrificios 1ª Parte

Es domingo, son las 7 de la mañana y un repetitivo sonido me despierta (pi-pi, pi-pi, pi-pi). No es mi despertador, es el sonido de la máquina de bombeo de suero fisiológico al que estoy literalmente atado, que se ha quedado vacía después de haber pasado toda la noche funcionando. Toco el timbre desde la cama de mi habitación del hospital

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-¿Qué pasó? – me preguntan desde el interfono

-La máquina de bombeo, se quedó sin suero –respondo con suma desgana

Si el día es tranquilo y relajado, en menos de un minuto vienen a mi habitación a recargar el suero. Si el día es un caos, puede continuar durante casi media hora sonando ese pitido.

Yo aún tengo sueño, pero las personas que comienzan la limpiezas, los timbres de los otros pacientes pidiendo cosas y el murmullo (y a veces gritos) del cambio de turno de enfermeros y auxiliares por la mañana hace que sea imposible volver a dormir.

Enseguida alguien viene a subir la persiana para que entre luz (cosa que no me gusta). A los pocos minutos viene alguien a tomarme la tensión. Poco después viene otra persona más a pincharme el dedo para el control del azúcar.

Entra la mujer de la limpieza que con suma premura y precisión limpia la habitación en un suspiro. Yo aún me resisto a inclinar mi cama hasta que aparece mi enfermera/o del día. Me preguntan que qué tal estoy.

Antes de dormir la noche anterior tomé algo de agua. Luego me dormí, pero me desperté de repente para vomitar, como estoy “atado” a la máquina de bombeo de suero, no tuve tiempo de desenchufarla e ir al baño, así que vomité a ambos lados de la cama, en el suelo. Unas horas antes había vomitado el escueto filete de merluza de la cena. Y varias horas antes, había vomitado la manzana de la merienda. También había vomitado todo el arroz del almuerzo. Y así todos los días.

Voy por el quinto día de hospitalización. Entré por urgencias después de que la doctora que me llevaba tratando más de un año me ordenase ingresar por urgencias tras conocer que había comenzado a no tolerar el agua, a vomitarla junto a los alimentos. Esto había dado como resultado una pérdida de peso de 4 kilos en poco más de una semana.

Tengo una enfermedad crónica, que en  casos normales o leves, es llevadera y se puede hacer una vida relativamente normal. Pero en mi caso se le añaden numerosas intolerancias y alergias a alimentos básicos (harinas, harinas procesadas, leches y derivados del lácteo, huevo, algunas frutas, frutos secos, y un largo y minucioso etcétera). Sin embargo, cuando comencé a no tolerar el agua y comencé a perder peso y a vomitar casi una docena de veces al día, mi doctora no se lo pensó dos veces. Mi caso se agravó  por las alergias y porque esa enfermedad, que está en el esófago, pero también en el estómago, empeoró al punto de que comenzó a influir en todo mi ritmo de vida. Lo empeoró la cuarentena, con una dieta de exclusión que dio como resultado un diagnóstico: desnutrición.

Cuando hoy llega mi enfermera/o del día le explico lo que ha pasado el día anterior y comenzamos a ver qué darme para desayunar que no haga que vomite. Un potito (compota de manzana) y un plátano. Tardo dos horas y media en comérmelo para no vomitarlo y aun así hago esfuerzos para que no salga de nuevo.

Luego tiene que venir la auxiliar de enfermería para quitarme momentáneamente la vía enchufada en mi vena para quitarme la camisa y volver a ponérmela para irme con la máquina a bañarme. Me envuelve la vía en plástico abundante para que no se moje.

Tengo que hacer auténticos malabares para poder desvestirme y hacerlo todo porque la mano derecha (con que hago  todo), no la puedo doblar porque está la vía. Cuando salgo del baño tengo que volver a llamar a la auxiliara para que me vuelva quitar y poner la vía para volver a ponerme la camisa.

Después de eso, vienen las curas, los gritos, quejidos y dolores de los pacientes de las habitaciones adyacentes. Cierro la puerta porque no quiero ni saber qué torturas estarán  pasando para estar diez minutos cada uno con tales quejidos.

Si tengo el día bueno, tengo que luchar contra la renovación de las enfermeras para explicarles todo lo referente a mi (porque no leen los informes o porque alguien lo borró), y sugieren cosas como darme leche, olvidar las medicaciones, entre otras cosas. Y vivo en la lucha de que no se les olvide que no hagan nada que me deje peor, pero entre la marabunta de quejas, enfermedades y curas, sus cabezas deben ser un laberinto difícil de desentrañar. Hoy por ejemplo, se olvidaron de traerme uno de los medicamentos. Si al día le toca que vengan los doctores, me toca luchar contra la actitud endiosada de personas que se creen que están  por encima de todo, sin entrar a empatizar ni nada por el estilo. En mis primeros dos días, salí a dos discusiones por día con los 2 doctores que comenzaron a tratarme (y que no leyeron ni mi historial clínico).

Sin embargo,  si mi humor está bajo, después de vomitar me pongo a llorar de tristeza y frustración, la lucha con los médicos se hace tan insoportable que me dan ganas de abandonarlo todo o de ser grosero. El viernes tuvimos otra discusión porque me querían culpar a mi de que yo estuviese aquí, sin entender que vine derivado de la doctora que me ha tratado después de un empeoramiento de mi estado de salud. Y uno se siente como si habláramos idiomas diferentes.

Yo llegué aquí para una prueba de pre anestesia, para una posterior gastroscopia, una biopsia, con posibilidad de una pequeña intervención que consistía en ensanchar el esófago  porque éste se está estrechando con alarmante rapidez.  Todo ello debía ocurrir en dos días. Sin embargo, voy por el quinto día y sin saber cuándo tendré las pruebas.

El sentimiento ya no es frustración,  es miedo a comer, es a elegir dejar de comer para no vivir ese desagradable momento de vomitar cuatro, ocho o incluso diez veces en cortos espacios de tiempo. Psicológicamente te sientes destrozado, es como un quiero y no puedo. Tienes hambre, quieres comer, pero sabes que si lo haces, no sólo acabarás vomitando, sino en muchos casos con dolores y otros estragos.

Esta enfermedad comenzó a manifestarse con fuerza justo cuando cambié Guatemala por España. El 1 de febrero de 2018 comenzó todo, y a partir de ahí, de ser algo anecdótico y sin que nadie se lo tomara en serio, han pasado casi dos años y medio donde han descubierto intolerancias a alimentos básicos, cierre del esófago, alergias varias y un historial clínico complejo para alguien de mi edad.

Una pequeña aventura por comenzar

Hoy las emociones se agolpan sobre mi. Soy una caja de emociones. Podría golpear un árbol, podría darme de cabezazos contra una pared, podría incluso disparar al aire sin ningún objetivo. En algún momento de mi vida he hecho estas cosas. Siempre coincidía con fases de desesperación. Hoy ha sido un día extraño. Primero iracundo, luego esperanzador, luego maravilloso, y por la tarde horrible. Tan horrible ha sido el final que casi decido abandonar la casa donde habito con otra persona (que no, no es mi pareja -porque no tengo de eso-). Es increíble como en un solo día todo puede subir y bajar. Mientras estaba en el lugar más perdido en el que había estado en años, estaba hasta feliz. Me quería quedar allí. De hecho, de haber tenido víveres, me hubiera aventurado a comenzar a subir por esa montaña y a lo que la vida quisiera. Pero sabía que allá arriba, donde no hay nadie, no era un suicidio, pero casi.

No obstante, pase lo que pase, solo en compañía, me da igual, estaré allá arriba, y dormiré con las estrellas, y volveré a sentir la naturaleza, volveré a sentirme conmigo mismo y mis pensamientos, sin personas, sin coches, sin luces, sin absolutamente nada. Sin miedo a nada porque para miedo ya pasé en Estados Unidos lo de los osos (una historia muy curiosa). No tengo miedo a dormir solo en el monte, no tengo miedo a pasarme caminando 3 días. No tengo miedo a estar a solas conmigo mismo allá arriba. No tengo miedo incluso a caerme porque me levantaré. No tengo miedo a pasar frío porque sobreviviré, ni tengo miedo al calor porque también sobreviviré. He sobrevivido a extremos que nadie podría ni imaginar. He vivido en sitios bajo cero, he vivido en lugares con casi 100% de humedad y más de 30 ºC, he estado casi muriendo de Zika y Chukunguya (o como se escriba), he tenido fiebre tifoidea y fiebre amarilla, he estado en hospitales tercermundistas, he sobrevivido a enfermedades muy jodidas en lugares muy jodidos. Como cuando tuve un cólico nefrítico con una intoxicación alimenticia y fiebre en la ciudad de Palenque (Chiapas-México), en el hospital estaban todos los médicos en huelga. Acabé en un hospital de tercera o cuarta categoría. Pensé que allí me moría…pero sobreviví. Decía y me repetía: “Hazlo por ella, hazlo por ella, no puedes rendirte, hazlo por ella, piensa en ella” (Ella es Shirley). Y en dos días, después de mucha lucha, tuve fuerzas suficientes para volver a cruzar la frontera con Guatemala en un estado lamentable. Peor fue el viaje desde la frontera de México a Guatemala, hasta la ciudad.

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He pasado por momentos muy jodidos, y es en los peores momentos cuando conoces tu límite, es cuando sabes la pasta de la que estás hecho. Yo en los peores momentos estoy hecho de una pasta muy dura. No me he dejado rendir incluso cuando era la única opción. No me rendí porque aunque mi vida pase sin pena ni gloria, el día de mi muerte, no quiero pensar que fui un cobarde que se rindió, quiero pensar que siempre di todo mi corazón, todo lo que tenía, aunque fuera poco. Quiero pensar que siempre tuve un motivo para seguir andando, que tengo dos piernas para caminar, que tengo una cabeza para pensar y un corazón para sentir.

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Este viernes comenzará mi primera aventura en Tenerife después de más de 10 años. Esa aventura no será ni un 1% de peligrosa que cualquiera de las que he vivido en México, EEUU, Guatemala o Marruecos. Pero buscaré la aventura, buscaré el peligro, buscaré el extremo porque no hay otra forma de vivir la vida si no es al extremo, para luego contar que estuviste ahí y lo contaste. Yo soy un luchador, sobre todo un poco descabezado o cafre, porque busco el riesgo. Y a pesar de eso estoy vivo.

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Esta vez, aunque lo pase mal, ya no estaré pensando en ella (en Shirley), en este caso estaré pensando en mí, en que no será mi momento, que no es el momento para acabar la vida. Que el final de mi vida no puede ser en una aventura cualquiera, en cualquier sitio. El final de mi vida tiene que ser épico, digno a todo lo que he vivido. Estos tres días serán, sin lugar a dudas, el encuentro conmigo mismo. Con ese cavernícola que cantaba Arjona, ese cavernícola que vive echando para adelante, improvisando y aunque no esté permitido.

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Siempre he sido un rebelde, un tipo peligroso al que le gusta el peligro, pero no cualquier peligro (por ejemplo, algunas atracciones de los parques de atracciones me han provocado problemas cardiacos), sino aquel que sugiera un esfuerzo físico posible de superar, aunque fuera imposible. Recuerdo haber estado en Garberville, EEUU, tenía que volver a la montaña donde trabajaba. Había bajado al pueblo a buscar comida en el banco de alimentos. Mi jefe me tenía que ir a buscar, pero como muchas veces, se olvidó de mí. Lo que hice fue comenzar a subir aquella montaña con unos 20 o 30 kilos en mi mochila. Pasé un dolor que aún puedo recordar. Comencé a subir la montaña por la tarde-noche. Como me dio la noche, saqué mi saco de dormir y dormí en un campo de paja. Me levanté con el amanecer, comencé a subir, y gracias a tres personas que me pararon el coche, pude llegar a la montaña, que estaba a unos 40 o 50 kilómetros del pueblo…sin embargo yo tuve que recorrer 3 horas caminando. Tres horas horrorosas, solitarias, en las que no pensaba nada porque estaba simplemente exhausto. Pensé varias veces que ese sería mi fin, pero aún no estaba escrito el final y gracias a esas tres personas (que tengo apuntados sus nombres), pude llegar. Esta historia tiene una historia paralela.

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Como no podía con toda aquella comida, decidí esconder gran parte de ella en algún sitio. De esa forma llegué a la montaña, pero tenía que regresar a buscar la comida, pero el coche de mi jefe no tenía gasolina. Entonces busqué por la montaña y encontré a Mike (Mike fue un chico con problemas, que nunca olvidaré porque en pleno agosto de 2015 me regaló una Coca-Cola con helado cuando estaba muriendo de sed y calor). Mike fue con su coche, que estaba bastante hecho polvo a buscar mi comida. Y lo conseguimos. Sólo hubo un problema….y es que el coche de Mike se quedó sin gasolina. Aún le quedaba medio galón o un galón, y se lo echó (pero esa gasolina no era suficiente). El coche no arrancaba y entonces me tocó empujar para tratar que de alguna forma arrancara. Logramos encontrar una bajada y el coche arrancó. Como el lugar donde vivía estaba al final de una bajada, llegué con Mike sin gasolina y solo a base de frenos….pero al menos tenía mi comida para las próximas dos semanas.

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No creo que esto vaya a pasar en Tenerife, pero me conformo con dormir viendo las estrellas, escuchando una canción, y escribiendo mis diarios de cartas para sentir que este ser salvaje y rebelde, vuelve a su hábitat. Porque eso soy, un ermitaño, salvaje y rebelde.

Pertenencia

Es bien sabido, por madurez sentimental, o por lo que sea, que nadie le pertenece a nadie. En un punto de madurez sentimental máximo, incluso sabemos que nadie necesita a nadie sentimentalmente, porque debemos ser independientes para no crear interdependencias nocivas.

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Di esto hace 300 años, cuando todos se morían por otras personas, que se lo pregunten a William Wallace, que en nombre del amor a una mujer puso en jaque a todo un imperio, pero también a historias como Romeo y Julieta. También hay otros casos como Ernest Hemingway, quien acabó alcoholizado en el perfecto ejemplo de como el despecho por una mujer puede destrozar una vida. Todos ellos y muchos más casos (véase la mitología griega), son por el sentido de pertenencia a una persona, de que el amor sin la otra persona, no vale, no existe. Es una pertenencia sentimental. Todo esto hoy día, en mayor o menor medida está superado. Ya nadie llora un mar (como decía una canción), ya nadie muere por otra persona (el mundo gira aunque no estés, como decía otra canción).

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Sin embargo, yo puedo llegar a entender los pensamientos de antes, como los de ahora. ¿Quién quiere anclarse a un recuerdo nocivo de alguien que no está? Bueno, debo aclarar esto. ¿Quién quiere anclarse al recuerdo de alguien vivo pero que no sólo no nos quiere, sino que reniegan de mil formas de uno? Las anclas son malas cosas. Sin embargo, en nombre del amor se hacen muchas cosas. El ejemplo soy yo.

En nombre del amor crucé océanos enteros, continentes enteros, me puse en medio de balas, de policías, de narcotraficantes, estuvo en lo más hondo del fondo de un pozo porque creía en ese amor, en esa persona. Y no hablo de unos meses, ni un año. Hablo de muchos años, tantos como media vida. Hice hasta lo imposible, como cruzar ilegalmente fronteras, enfrentarme a la policía, estar a punto de ir a la policía, y entablar pleitos a abogados y juzgados. Yo creía en ella como creía en el sol y la luz que desprendía cada día. Creía que su amor, su cariño era al menos igual que el mío, que su vida y la mía iban a ser una.

Después de mucho tiempo las cosas cambiaron. La vida giró. Ella cambió. No voy a hablar mal de ella, pero cambió. Y yo entonces comencé a tener un sentimiento de pertenencia, porque yo había dado mucho de mi, había dado todo lo que tenía en todos los sentidos por unas promesas. Y después de muchos años, no sólo despreció todo aquello, sino que se dieron una serie de hechos que acabaron con mis huesos rotos, con mi vida destruida y con ella valorando más al resto del mundo, que a mí, en lo que es el colmo del despropósito.

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Hablar de esta historia podría ser todo un best seller (que tal vez nadie querría ni leer), pero hay muchas personas en estas historia: Bianky, Amparo, Heather, Vilma, Helen, Miriam, Lily, Karina y una larguísima lista de personas que pusieron todo de su parte para que esta resultara la historia más traumática de toda mi vida. Es imposible contarla en un post. Por eso llevo más de 2.000 cartas, ninguna respondida pero en la que cuento absolutamente todo lo que sucedió desde que nos separaron y nos prometimos amor eterno y una vida en común. Yo lo busqué, ella lo olvidó.

Ahora ella agradece y quiere a otras personas, está enamorada de un chico y le dedica sus mejores palabras de amor a personas que no han arriesgado lo más mínimo por el verdadero sentimiento del amor. No existe moraleja porque cuando llevas tantos años metido de lleno en eso, incluso aunque trates de sacar una lectura positiva, no acaba de serlo.

Un colega de mi ex trabajo me dijo: “Pero tío, te lanzaste sin red, ni paracaídas, tomaste los mayores riesgos e hiciste cosas que nadie hubiera hecho, has vivido cosas que muy pocas personas han vivido, deberías sentirte orgulloso de haber sido tan valiente”. Pienso en esas palabras y no es que sienta orgullo por mi, porque no lo suelo pensar. Siento que la vida me debe algo. Me debe un amor, me debe una persona, me debe un sentimiento de pertenencia irracional, de los de hace 300 años, que nadie entienda, pero que sea tan bonito y agradecido que sólo baste con una mirada para estar claro que no somos dos, sino una sola persona. En este caso esa sola persona soy yo, ella despreció todo. Y da igual las vivencias cuando alguien te desprecia cuando tu vida ha estado pendiente de un hilo.

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Es complicado por son muchos años e historias paralelas. Pero aún escucho canciones de estos años y muchas veces (demasiadas), me retrotraigo a aquellos momentos en EEUU, en México, en Guatemala, aterrizando en cualquier aeropuerto del mundo, atravesando océanos varias veces en busca de una persona que pensaba que era mi persona en el mundo. Quedan las canciones, quedan las fotos, pero lo peor no eso (que se pueden borrar), lo peor es que aún viven esos sentimientos…porque aún la amo, aunque no debería, y no sé ni por qué aún lo siento.

CARTA 2000

No sé si algún día llegues a entender todas mis palabras. Ya no confío en eso. Creo que harás una vida bastante ajena a todo lo que he tratado de enseñarte (sin conseguirlo). Durante un tiempo, en el último año 2019 pensé que la que se equivocaba en todo eras tú. Yo trataba de ser condescendiente contigo, perdonarte a ti, y cargar todas las culpas sobre mí para justificar tus faltas. Es una contradicción. Porque te culpaba y me culpaba a mí. A los dos. Y esto generó muchas cosas malas dentro de mí.
Tuve que ir a un psicólogo, tuve que ir a un psiquiatra, a tomar medicación porque mi conducta y mi juicio se vieron alterados. No era capaz de pensar con claridad, no era capaz ni tan siquiera de saber qué sentía. Había muchas cosas que me desbordaban. Pensé que perder el control era mi culpa y luego tuya. Todo era muy complicado por una sencilla razón: tú no me hablabas claro. De hecho, no me hablabas. Nunca lo has hecho. No me has enfrentado…ni yo tampoco. Y estas cartas de ahora pretenden hacerlo.
Lo que quiero decirte al final de todo es que ya no espero nada de ti. Que la culpa era mía en parte. Era mi culpa porque te echaba la culpa sin decirte que era tu culpa. Y lo peor es que llegué a mirarte a los ojos y decirte que tenías razón. Y no tenías razón. Hubo muchos momentos en los que te has equivocado. Y lo sé ahora que se supone que sé menos de ti, pero curiosamente, hay más ventanas abiertas a ti por diversas razones que no te voy a decir.
Te has equivocado en algunas cosas como estas: me has juzgado, y me has juzgado mal, has pensado de mí cosas equivocadas, has dicho cosas que probablemente no pensaras ni sintieras, no me has valorado como yo merecí que lo hicieras, no me has demostrado que esos “te quiero” y “te extraño” son ciertos.
Si medimos las distancias recorridas, las palabras dichas, los actos realizados, si cuantificamos absolutamente todas las cosas que hay entre tú y yo, el resultado es que yo me he vaciado y tú te has guardado todo…o tal vez no había nada que me podías dar. Pero sé que los esfuerzos que has hecho por personas que no han hecho nada por ti, han sido injustos conmigo. Porque yo merecía esas fotos, esos estados de whatssap, yo merecía no ser bloqueado de las redes sociales, merecía una plática, o dos pláticas, merecía incluso una discusión con reconciliación, merecía que todos los problemas y traumas hubieran sido enfrentados por ti, que tuvieras palabras, tanto a viva voz, como con palabras escritas. Yo lo merecía. Y ahora estoy liberándome.
Gracias a las medicaciones del psiquiatra, gracias a esta crisis global me he dado cuenta por fin de todo. Todos me fallaron. Yo fallé también por darlo todo por personas que nunca pensaron ni pensarán en mi. Si hubiera muerto en Estados Unidos (a manos de Bob o Terra), o si hubiera muerto en México (a manos de los dos policías de Tijuana), hubiera desperdiciado mi vida porque nadie hubiera sabido quién era yo. Porque después de aquellos hechos y viendo tus acciones y las de otros, me he dado cuenta de que a nadie le importa quién soy, cómo soy, que no les importa si voy a hospital, si bailo, si voy a una iglesia o lo que sea.
El amor requiere acciones, reacciones, esfuerzos y ganas. Yo lo he hecho, tú no. Y no vale excusarse en el “yo soy así”. Todos cambiamos en función de nuestras vivencias, todos podemos cambiar si queremos…salvo con las personas que creemos que son casos perdidos. Lo sé, conozco estos caminos. Y tu camino tiene dos opciones: o cambiar porque aún crees que puedes y quieres, o no cambiar porque crees que soy un caso perdido y no te nace.
Pienso que estos años de fidelidad y devoción han sido un desperdicio y por eso las últimas cartas, la de los últimos meses se parecen más a facturas impagadas, a deudas que no han sido saldadas, que a cartas de amor. Ninguna carta tuvo respuesta, ni siquiera con la voz. Podría reprocharte muchas cosas, reclamarte muchas cosas, pero si lo hiciera probablemente estaría poniéndotelo muy fácil (aún más) y durante todos estos años te lo he puesto realmente fácil. Ahora creo que si eres una persona inteligente, deberías recapacitar.
Lo mejor para ti es que yo desaparezca. Y lo mejor para mi es que todo acabe. Yo he tratado de ser un padre para ti, pero tú no has intentado ser una hija, ni siquiera has intentado acercarte a ser mi familia. Te has parecido en exceso a cualquiera de mis ex parejas, que se alejaron de mi todo lo que han podido. O de toda mi familia, que me han temido y se han alejado dejándome por imposible. En definitiva, te has parecido demasiado a todas mis experiencias pasadas. Fuiste muy especial conmigo. Durante dos años y medio fue verdad que me necesitabas, vi que era real. Pero desde 2018 en adelante, cuando mi vida comenzó a ser mejor, todo se rompió.
Podría decir que la culpa y la responsabilidad es de los dos… pero en estos momentos en los que tienes de todo, en los que estás muy conectada con el mundo, no he recibido ninguna foto, ningún estado de whatssap, ninguna invitación a red social, ningún reconocimiento público. He visto como tu cariño y tu amor ha ido a todos, has reconocido con “te quiero” y “te amo” a muchas personas, incluso desconocidos por mi, te has enamorado y te has vuelto una persona frívola, sin ningún tipo de interés por mi o por nada de mi vida. Durante muchos años he sido yo el que lo he hecho.
Cuántas veces escribí y nadie, ni tu, ni tu hogar, ni Amparo, ni nadie me respondió cuando les preguntaba sobre ti. Y ahora que todo es posible, la única vez en la que podrías haberme demostrado que sí estaba en tu vida, cuando me contaste lo de Osman, me dejaste claro que era tu vida y que no me podía meter en ella. Te he escrito 2000 cartas. Todas dirigidas a ti, pero a partir de mañana, a partir de la 2001, las cartas ya no van a ir dirigidas a ti. A partir de ahora estas cartas no van a ir a nadie, van a ser cartas que contarán sentimientos, que contarán cosas pero que nadie más leerán. Estas últimas palabras serán las últimas que leerás.
Después de que me bloquearas en Facebook, que dejaras de seguirme en Instagram y de multitud de actos ingratos y que mostraban sin palabras un desprecio, decidí que poco a poco tenía que cambiar. Tenía que dejar de depender de ti. La persona más importante de mi vida, por quien me he dejado mi salud y muchos años, no debía ser la persona que me tuviera marginado. Así me he sentido, marginado de tu vida. Desde mañana dejaré de ser tu padre, tu padrino, dejaré de ser de alguien en tu vida. Desapareceré y con él estas cartas. Porque así debía ser.
Nunca nadie en Casa Guatemala apostó por mí. Todos, absolutamente todos hicieron todo lo posible por separarnos, hicieron lo posible por borrar todo lo que vivimos, los sentimientos y muchas más cosas. Ellos ganaron y yo, como siempre en mi vida, perdí. Pero durante años no supe perder. Pensé que si lo soñaba, era posible y normalmente es así…salvo que cuando lo que sueñas no depende de ti, sino de otra persona, tal vez no es posible. Hubiera querido decirte muchas cosas a la cara, pero sobre, rezaba por el día en el que tú me hablaras, tuvieras una conversación conmigo y me enfrentaras de buenas. Y sin embargo, durante todo el 2019 y hasta el último día de mi visita en 2020 te has esforzado pero en reclamarme, en reprocharme cosas. Y cuando nos vimos en persona, tampoco me contestaste a nada. Sentí que me había quedado solo. Y es así. Ya estoy solo para siempre, como siempre debió ser.
Le dije a Miss Vilma en mi última visita que yo tenía claro que en mi vida, en mi futuro siempre quería tenerte a ti. Y quiero que así sea, pero quiero que esté en mi vida, la persona que conocí, la persona con la que conviví, la persona que me necesitaba y me lo demostraba y no le daba miedo, ni vergüenza decirlo. A esa persona quiero en mi vida. No quiero a alguien que espera que pase el tiempo, que ama y quiere a cualquiera que llegue a su vida sin hacer méritos y mientras yo, padezco cualquier dolor, accidente o sufrimiento y nunca puedo contar ni con tu palabra de apoyo, ni con tu demostración de afecto, ni con absolutamente nada. Entonces, si yo he dado todo esperándote tantos años a que tuvieras 18 y ahora que eres mayor de edad, no estás, ¿Qué significa lo que hice y sentí? Significa que fue otro error mío. Tú no estabas para mí. No estabas destinada a formar parte de mi familia, a vivir conmigo, a tener un futuro conmigo, ni a absolutamente nada. Lo quise yo, pero tú no. La culpa eso sí, no es tanto tuya, sino de otras personas que se esforzaron e hicieron todo lo posible por separarnos: Heather, Lily, Casa Guatemala, Miss Vilma, Helen, Amparo. Todas las personas que pudieron hacer algo, y nunca hicieron nada por mi, ni por ti. Y ya es tarde.
Probablemente estas palabras te den igual porque eres una mujer fuerte, de fuertes creencias y muy temperamental. Es seguro que te enfades bastante conmigo y que nunca me perdones. Con franqueza, ya me da igual. Ha llegado un momento en que me da igual lo que pienses de mi. Mientras yo he preguntado siempre por tu salud, por tu estado físico, psicológico, por tus estudios, mientras he luchado porque tu hogar me hiciera caso en los consejos en torno a ti, mientras yo he gastado dinero, esfuerzo y tiempo en un universo en el que sólo importabas tú… a mi nadie me sostuvo, nadie me dio cariño, ni amor, ni comprensión. Todos, absolutamente todos me abandonaron.
Durante un tiempo me dio igual porque sólo importabas tú. Pero después de tus 18 y después de ver tu trato hacia mi, y demás cosas me he dado cuenta de que nadie piensa en mi cada día, cada hora, que todo lo que invertí en tiempo, en pensamientos, en deseos, en dinero, en todo… no me será devuelto. Que mi vida acabará y nadie sabrá quién soy. Tú debías ser esa persona, la que tuviera y supiera lo mucho o poco que tuviera o fuera. Pero te has desinteresado y hay una verdad que supongo que conoces y es esta: “Somos lo que nos dan”, es decir, si me das algo (afecto, cariño), yo te lo doy, pero si no me das nada, al cabo del tiempo…todo muere.
Y con esto, así de esta forma, muere todo. Ya no queda nada por lo que luchar porque ahora lo que me importa es pasar mis últimos momentos tratando de recopilar todo sobre mi, y que alguien tenga esas fotos, esas cartas, esos escritos, y que sepa de todas esas emociones y sentimientos que tuve por las personas. No lo vas a heredar tú, pero cuando desaparezca, se lo dejaré a alguien que intente seguir mis pasos y que no le de vergüenza, ni reparos demostrar quien fui yo. Te libero Vanesa. Te libero de mi, de mi historia, del peso que ha sido para ti quererme, la pesada carga de mi amor por ti. Me gustaría algún día saber que cambias y te enfrentas, que das pasos y vienes a mi encuentro sea donde sea que yo esté y que todo esto sea otro error mío, pero mi intuición me dice que esto será una liberación para los dos. Este es el mejor bien que te puedo hacer a ti y al mismo tiempo a mi mismo. Sé que te irá bien. O al menos eso espero. No me preocupa porque no parece que a ti tampoco te preocupe tu futuro. Imagino que te casarás con cualquier chico que parezca que te ama. Tendrás hijos, un trabajo y esas cosas y todo este tiempo lo tirarás a la basura y con eso, habrás matado los mejores 7 años de mi vida. Pero yo trataré de que todo mi sacrificio no sea en vano.